lunes 30 de agosto de 2010

Hablar con las tostadas

Y empezás a hablarle a la tostada. “Que ni aparezca, porque sí lo hace, ya va a ver”. Y la tostada te mira raro, como de coté, y se hace la boluda. Capaz que no le estás hablando a ella. “Si no aparece, lo mato. Lo mato!”. La tostada te sigue mirando, se quiere esconder porque sabe que su existencia peligra, porque tenés los ojos rojos, desorbitados, y de una pitada te fumaste todo el pucho. “Es obvio que no va a responder el mensaje, me fui al carajo, siempre tirando de la soguita, si ya sé que no le pasa lo mismo que a mí, ¿por qué me sigo hundiendo?”. La tostada la pira, y se tira de cabeza al piso, con la manteca para abajo.

No sé de dónde sale esa extraña costumbre de mantener extensas charlas con objetos inanimados. Esa idea de suplantar a la persona que no podemos enfrentar, con la que nos reprimimos, esa que nos rompe los esquemas y nos hace dar cuenta de que no tenemos la vaca atada (lo que daría por tener la vaca de Milka atada en el patio de mi casa)… ¿por qué elegimos un peluche, un consolador, un Troll, una zanahoria, para gritarles todas esas verdades que se nos meten en el orto cuando estamos cerca del destinatario de carne y hueso?

Eso es lo que me pasa. Nunca reacciona cómo espero que lo haga. Miro a mi alrededor, y a mis amigas les pasa lo mismo. O somos un puñado de forras, o estos tipitos no están entendiendo a las mujeres.

Entonces, sábado, o domingo, da igual. Estamos las tres al borde del colapso nervioso. Queremos tirar la toalla, y nos ponemos metas: “Si no me manda un mensaje antes de las 8, yo abandono este jueguito perverso”, dice una. “Si no me responde en los próximos 37 minutos, que se olvide de mí para siempre, todo tiene un límite”, dice otra. “Si no me llama y me dice algo romántico antes de que anochezca, me pego un tiro”, dice la tercera. Las uñas empiezan a repiquetear en la mesa. La aguja chiquita del reloj retumba en los oídos de todas. Sufrimos, pero tenemos el control. Es como nosotras decimos, son todos iguales, una mierda, aparecen y desaparecen cuando se les da la gana, nos quieren sólo para coger, qué se piensan que son, que nosotras vamos a estar a su disposición para cuando a ellos se les cante, que necesitamos un poco de cariño, un piropo, un abrazo, una cucharita, que se hagan garchar por un burro, porque a nosotras, para ellos, las chochis se nos van a cerrar como las puertas de Fort Boyard.

Sacamos nuestras tostadas mentales. Nos ponemos a hablar con ellas, a hacerles mil promesas del tipo “ahora, cuando me diga que quiere verme, le voy a decir que tengo toda la semana ocupada”, o “voy a esperar tres horas antes de responderle el sms”. Las tostadas mentales empiezan a largar olor a quemado. “Decidido: a partir de este momento, y hasta nuevo aviso, estoy solísima”, decimos las tres al unísono.

Pero nos cagan. Siempre lo hacen. En el momento en que una se decide a colgar los botines e incurrir en la homosexualidad, del otro lado del teléfono aparece su voz, te dice “Hola, reina”, se te derrumba la estantería, te metés los insultos en el culo, ponés cara de idiota, y le hacés “fuck you” a tu tostada.

1 tipitos se avergonzaron:

Anónimo dijo...

Mi piso està lleno de manteca...
"A mi no me gusta lo que le decis a las tostadas"