domingo 22 de agosto de 2010

Me olvidé tu nombre, puchululu

“Santi, ¿querés que te chupe la pija?”, le dijo ella a su novio. Su novio se llama Esteban.
Desde ese día, en que la respuesta de él fue “Date vuelta y dormite si no querés que te eche a patadas en el culo”, ella le dice “gordo”, “amor”, “bonito”, “puchulín”.

¿Qué juego perverso de la mente hace que de repente se nos haga una laguna en el cerebro, y no recordemos el nombre de la persona que tenemos al lado? ¿Cómo sale uno de ese brete sin que el otro te pida que te subas a una tortuga y te vayas bien despacito a la concha de la lora? Cuando en medio de una discusión llamás a tu novio con el nombre de tu ex, es sencillo: “Perdón, gordo, es que con vos nunca discuto, y con él era algo de todos los días”: Problema solucionado. Pero, en el caso de la pobre Agustina, ¿qué le iba a decir? ¿“Perdón, gordo, es que me encantaba despertarme a la mitad de la noche y chuparle la pija a Santi”?

En una relación, empezamos a deformar los apodos. “Cachorro” se transforma en “catolo”, y de pura vagancia terminás llamando “cato” a tu novio. ¿Cato? ¿Qué carajo significa “cato”? ¿Es “chu” un diminutivo de “chupapija”? ¿”Gorda” es siempre una muestra de afecto, o depende si viene antes de un romántico “cómo te extrañé” o de un sugerente “comete otro paty”?

A mí nunca me pasó. Por suerte, mi memoria es mi gran aliada, y no importa cuán grande sea mi lista de comparte-sábanas, siempre tengo el nombre correcto en la punta de la lengua. Y si no, apelo a tener alguna otra cosa en la punta de la lengua y me ahorro el laburito de inventar un buen sobrenombre.

1 tipitos se avergonzaron:

Anónimo dijo...

antes q balbucear un nombre equivocado, mejor tener la pija en la punta de la lengua, no?