Quién lo dice primero. De eso se trata toda la sarasa. Porque vos lo extrañás, claro. Hacés clicks mentales a cada una de las postales que te regala cuando te besa, cuando te sonríe, cuando te abraza, cuando te da la mano, cuando te toca el orto en el medio del pool. Guardás en esa estúpida caja de recuerdos hasta el papelito del Beldent que dejó en el cenicero y que disimuladamente metiste en el bolsillo de tu campera. Pasás tus ratos libres releyendo sus mensajes de texto, y sonreís cuando encontrás un “hermosa”, un “reina”, un “te quiero ver”. Y hasta sonreís cuando leés un “bueno, dale”. Qué pelotuda. Pero… ni loca decís el primer “te quiero”.
No. Que se anime él. Que para algo es hombre y tiene huevos. Que les dé algún uso, que están ahí como dos boludos colgando y rebotando de aquí para allá, sin nada interesante que hacer más que pasparse entre ellos. No. Que se los masajee un poco, y cuando dejen de ser poché y se conviertan en huevos duros, que los ventile un poco, los peine para la foto, se plante, y lo diga: “te quiero, loca”. Que lo diga. Dale, qué te cuesta.
Ser el primero en arrodillarse y decir la frase que es la puerta a todas las demás frases es un acto de valor. Estás en desventaja. Quedás expuesto, al descubierto, ahí con un blanco en el medio del pecho para que dispare el que mejor puntería tenga. Ser el primero es pararte con tu Fitito despintando al lado del Rolls Royce de Ricky Fort. Es pasarte horas batiendo el merengue italiano para que venga Maru Botana y con una banana y un piolín te haga un tiramisú de frutos del bosque. Es desnudarse ante el pornostar Rocco Siffredi y su tremenda pija, teniendo un manicito sin cáscara.
Y ahí estás. Con el “te quiero” atragantado, pero con la firme convicción de que no vas a ser vos la que venga con la banana, el Fitito y el pito chiquitito. Se está yendo. No te vayas. Decime algo. No seas conchudo. Dame el gusto. Hace un montón que no quiero a alguien. No, no te lo voy a decir primero. Ni en pedo. No me mires así. Basta. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me mirás así? Me vas a dejar. Ay, sí. Se te nota en los ojos. Mirá la cara de nutria que ponés. “Vení”, me dice. Uy, me dijo vení. Cagamos. Y bueno, vos te acercás, casi como que esperando el último beso. Así medio con los ojos cerrados, para que duela menos. Pero te corre la cara, se acerca a tu oído, se le ponen un poco más duros los huevos, y le sale. “Te quiero mucho”, te dice. Han cantado bingo.
No. Que se anime él. Que para algo es hombre y tiene huevos. Que les dé algún uso, que están ahí como dos boludos colgando y rebotando de aquí para allá, sin nada interesante que hacer más que pasparse entre ellos. No. Que se los masajee un poco, y cuando dejen de ser poché y se conviertan en huevos duros, que los ventile un poco, los peine para la foto, se plante, y lo diga: “te quiero, loca”. Que lo diga. Dale, qué te cuesta.
Ser el primero en arrodillarse y decir la frase que es la puerta a todas las demás frases es un acto de valor. Estás en desventaja. Quedás expuesto, al descubierto, ahí con un blanco en el medio del pecho para que dispare el que mejor puntería tenga. Ser el primero es pararte con tu Fitito despintando al lado del Rolls Royce de Ricky Fort. Es pasarte horas batiendo el merengue italiano para que venga Maru Botana y con una banana y un piolín te haga un tiramisú de frutos del bosque. Es desnudarse ante el pornostar Rocco Siffredi y su tremenda pija, teniendo un manicito sin cáscara.
Y ahí estás. Con el “te quiero” atragantado, pero con la firme convicción de que no vas a ser vos la que venga con la banana, el Fitito y el pito chiquitito. Se está yendo. No te vayas. Decime algo. No seas conchudo. Dame el gusto. Hace un montón que no quiero a alguien. No, no te lo voy a decir primero. Ni en pedo. No me mires así. Basta. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me mirás así? Me vas a dejar. Ay, sí. Se te nota en los ojos. Mirá la cara de nutria que ponés. “Vení”, me dice. Uy, me dijo vení. Cagamos. Y bueno, vos te acercás, casi como que esperando el último beso. Así medio con los ojos cerrados, para que duela menos. Pero te corre la cara, se acerca a tu oído, se le ponen un poco más duros los huevos, y le sale. “Te quiero mucho”, te dice. Han cantado bingo.









4 tipitos se avergonzaron:
Que complicadas y vuelteras que son las relaciones heterosexuales jajajaja las tortas se aman y ni siquiera se conocen...
Genial Maggie como siempre
Mi viejo siempre decía "qué complicadas son las relaciones humanas". Creo que vos lo reflejás de puta madre!
Genial Maggie. Quiero más!
Yo suelo reirme de este tipo de situaciones, (si leíste mi comentario en "La curiosidad mató al gato", y vos eras como decías de las que se reía del resto de los seres humanos y sus complicaciones inútiles vas a saber porque). Si el "te quiero" ya lo estás sintiendo decilo y a cagar.
Muchas veces eso es todo lo que se requiere, que uno lo diga para que el otro lo suelte. En tus posteos hablás mucho de las relaciones de poder dentro de una pareja, según yo (ojo, mira quién te lo dice!) le estás dando demasiada bola. Uno termina callando cosas que quiere decir por no demostrar esa "debilidad" que decís que queda en evidencia de hablás primero y a veces hasta se ve forzado a decir cosas que en realidad no piensa o siente.
Es infinitamente más fácil ser uno mismo y a menudo termina mejor que si hacemos de nuestras relaciones la obra de un guionista de novela.
Fin de Teoría de las Relaciones I, me vuelvo a mi vida de no aplicarla
Otro beso!
Te dije alguna vez que estas loca. Sos loca, una linda loca, cierto es también.
Y que estas desaparecida, te dije?
Publicar un comentario en la entrada