El vuelo, retrasado para variar, cayó de punta en París de madrugada. Esa noche no había planes de cama calentita y té con limón, ni de pijamas y tele bajita, ni de dormir en posición horizontal. La noche del 13 de febrero nos encontró, a Lucas y a mí, acomodándonos placidamente en los asientos del aeropuerto, tratando de combatir el frío con mantas robadas de vuelos anteriores, y con un ojo abierto de a ratos para evitar futuros robos de equipaje.
Con la espalda pidiendo a gritos un kinesiólogo, nos despertamos a primera hora de la mañana, dispuestos a hacer el check in en el hotel. Treinta minutos y seis muecas de fastidio después, nos desvalijábamos en un edificio bien lejos de la Torre Eiffel y toda su magia, bien cerca del fin del mundo.
Todo iba bien. Día de los enamorados, París je t´aime, Arco del Triunfo, croissants au chocolat (unas de las pocas palabras que me animé a volver a pronunciar después de tantos años de inactividad parisina), hasta que llegó la calamité. Sabrán comprender, luego de que todas las anécdotas de este viaje se hagan carne en este espacio, que de calamidades y catástrofes estoy más que bien forrada.
Como decía, todo iba bien. Ibamos a abandonar París al día siguiente y, quién sabe por qué, decidí corroborar esa información con la encargada de la conserjería de ese momento. Marjorie se llamaba (Maggyoggí, para que nos culturicemos todos). La señorita en cuestión me anunció, para mi sorpresa, que todavía nos quedaba una noche de gozo.
Ahí, como se debe, estallé de emoción, y fui corriendo a contarle la buena nueva a mi novio. Que se habían equivocado, que nos llevábamos una noche de alojamiento de arriba, que qué boludos estos franchutes, y otras argentinadas varias. Pero no.
A la mañana siguiente, nos levantamos tempranito y nos fuimos a recorrer el resto de la ciudad de las luces. El Museo de Louvre, los Campos Eliseos, el cementerio Le père Lachaise (con tumba de Jim Morrison y otros etcéteras incluida), la basílica del Sagrado Corazón (y sus doscientos escalones y sus torrecitas eiffeles miniaturas a la venta para todo turista pelotudo como nosotros que quisiera un recuerdo de tan trágico ascenso. Menos mal que lo cagué y le di un euro falso. Si, soy argentina, y qué?). Y el regreso al hotel.
El ascensor, la puerta de la habitación, el código de entrada... y la puerta que no se abre. Pruebo una y otra vez, y cada intento es un nuevo sonido de error. Mi desesperación en aumento, el fastidio inconfundible de Lucas in crescendo, y una indignación que no venía al caso sabiendo que esa noche no estaba paga.
Pero era momento de desplegar las dotes actorales adquiridas a fuerza de novelas de la 1 de la tarde. Me tocó enfrentarme al conserje con la peor noche de su vida. Tenía a su alrededor seis o siete personas que le hablaban en idiomas diferentes, agitando papeles delante de unos ojos que clamaban piedad, todas reclamando habitaciones que no existían, reservas que habían sido sobrevendidas.
Esperé, conciente de mi situación particular, hasta que la recepción se descongestionó. Hice entonces mi primer ataque:
-Tengo un problema (el señor tenía muchos más, y me los hizo saber con su rostro). Me olvidé el código de seguridad de la habitación y no puedo entrar (sí, puedo ser muy inteligente cuando quiero)
-¿Tiene el papelito con la reservación? Deme su apellido y número de habitación, por favor (y me lo dijo con el inglés más atravesado que jamás haya escuchado).
Se lo di, y en vano buscó en la computadora. La habitación estaba a nombre de otra persona.
-¿Y nuestras cosas? -empecé a elevar la voz, dándole a entender que estaba por demás enfadada- ¿Quién les dio derecho a tocar nuestro equipaje?
Ese fue sólo el comienzo. Media hora después, nada estaba resuelto. Lo único seguro era que no íbamos a dormir en esa habitación.
Lucas se tomó muy en serio su papel, y empezó a los gritos avisándole poco amablemente que de ninguna manera iba a sacar a su amada novia a las 2 de la madrugada de ese hotel que ni siquiera estaba en París, solamente para pagar 40 euros y dormir 3 horas en otro lugar antes de tomar el tren que salía bien temprano por la mañana. Y el señor, pobre inocente, no tiene mejor idea que decirle: “Ok, calm down, I´m just trying to help because your girlfriend is very cool” (Imaginen por favor a Penélope Cruz en versión masculina diciéndole esto que parecía un piropeo a un hombre fácilmente alterable).
Se vení la hecatombe, y yo no tenía resguardo. Volví a hacerme cargo de la situación, mandé a Lucas lejos del simpático muchacho, y terminé convenciendo al hombre de que nos merecíamos un cuarto por el maltrato sufrido. Entramos a una habitación, que era más de lo que podríamos haber pedido por cero euros, pero el conserje se arrepintió de su decisión, y casi nos deja en la calle.
Finalmente, su corazón, y el hecho de que me consideraba una mina super cool, hicieron que se compadeciera de nosotros. Nos dio unas mantas, y nos dejó dormir en la sala de conferencias del hotel. Nuestras valijas, por su parte, nos miraban desde lejos, cada una con un cartel que decía “Deportados”.
PD: Adjunto foto de mi hijo Ramoncito en el Museo del Louvre. Obvio que no lo iba a dejar en Buenos Aires! Pobre Ramón! (¿¿¿Sabés lo que es para un pato conocer Europa???)

Au revoir!